lunes, 30 de abril de 2012

Ladrón de peluca

En  abril me prestaron dos libros: El buen dolor de Saccomanno y La mujer del maestro de Guillermo Martinez. La segunda novela aún espera porque durante abril dormí con La historia del pelo,  lectura lenta, densa, hipnótica y variable: por momentos genial por otros soporífera. Como esas películas que abusan de la cámara lenta, la máquina de humo o la vaselina en la lente.

Tomé a Historia del pelo como la continuidad de Historia del llanto, ambos libros especie de productos foulcaultiano de una historia de los sesenta-setenta, o digo huevadas...no importa para el caso.
Si las tramas novelescas concatenadas, lineales, permiten un avance en la lectura sin demasiados problemas hasta el final, la Historia del pelo de Pauls es todo lo contrario, no va a sitio alguno, se queda, profundiza, retrocede y avanza. 

Esta segunda novela me pareció que el objetivo estaba en la manera de narrar en cómo los recuerdos funcionan y reverberan, en cómo la atmósfera se convierte en opresiva para dar lugar a otra laxa, indiferente.

Hay una historia personal y esta se puede narrar con las vivencias del pelo, esa es la idea. Un núcleo temático por el cual se irradian los demás temas de un encabritado tema central,  ¿qué hago con el pelo,? ¿cómo es el corte de pelo con el paso de las décadas,? ¿cómo influye en el personaje que su amigo se haya hecho algo en el pelo que luego lo asocia con un crimen menor,? ¿qué tipo de vida llevan los peluqueros, esos seres que definen el destino de los que se peluquean,? ¿pueden influir tanto en la vida de una persona,? ¿son determinantes?¿una peluca puede convertirse en el inodoro de Duchamp?

En Historia del pelo aparecen cuatro tipos: el susodicho dueño del cabello, un peluquero paraguayo cosmopolita, Monti, amigo de la infancia del dueño del pelo y un rapado veterano de guerra que tiene en su poder la peluca con la que Norma Arrostito utilizó durante el secuestro de Aramburu. Un recorte de la historia argentina reciente simbolizada en una mata de pelos artificiales, en el cabello rebelde.

El final del libro me hizo recordar a la película de Monzón con Franco Pagliaro : Soñar, soñar. 


2 comentarios:

Andromeda dijo...

Curiosa temática, Mario, siempre he pensado que los peluqueros muchas veces hacen de psicólogos con sus asiduos.
¡Un saludo!!

mario skan dijo...

Hola Andromeda, tenés razón. Antes los peluqueros también realizaban prácticas de médicos y ahora son medios psicólogos, es un oficio que muta. saludos

De un paseo por los blogs

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