martes, 15 de julio de 2008

Que fluya la conciencia y se desbarranque por ahí empujando con ella las imágenes del trayecto.
Me imagino que todo este sueño estará por acabar ahora, cuando abra los ojos y encuentre las cortinas azules de la habitación. Sin embargo se va adentrando, porque no soy yo, cada vez más por un camino en cuyo perímetro una vegetación espesa sofoca la determinación del caminante obligándolo a continuar por el hilo de grava que lo lleva a un sitio desconocido.
Ahora reconoce el ruido de las suelas en la arenilla, el silbido de la respiración entrando y saliendo, el chasquido de las ramas, la vibración de las hojas. Hay algo allá. Inmediatamente el camino se ha acortado. Es una piedra blanca que brilla y refleja la luz de un día nublado. Sale agua por el hueco de la piedra, no parece estar libre de pestilencias y de los colores que le ofrece el paso del tiempo, hay coagulos violáceos.

Descansa junto a la piedra que en realidad es una fuente machacada. La vegetación próxima parece comerse todo intento de penetración. Las ramas se ven fuertes e insondables. Pero en sueños la mano es una cimitarra plateada que silva al cortar el espacio.

Si de algo se está seguro es que el sueño no puede durar más de lo que el sol a girado en el cielo y ya ha asomado la luna. El agua de los brazos se mete adentro de la piel y corta. Está desnudo. ¿No era que los pantalones se le caían cuando apuraba el paso?

Vuelve una y otra vez a esta tierra que al parecer le quedó de una película de la infancia.
Es una pésima película habitada de lugares comunes y musgos de terciopelo.
En ella, me olvidaba contar, aparece una mujer perdida que llega a una casa. La casa está deshabitada de personas pero sabemos que allí vive una bestia. La mujer es hermosa, es suave y nada ni nadie debería hacerle daño.
Qué blasfemia de sueño¡ Tan malo y repleto de vapor como la película clase B.
También lo puedo ver caminando por la plaza que separa el cine de lo que era su casa, una construcción vieja de puertas altas y vidrios repartidos viselados, una noche cualquiera de otoño, con el río a lo lejos que reflejaba las luces del pueblo al otro lado del agua.

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