sábado, 8 de marzo de 2008

sin título-

Cuando mi amigo se fue a norteamérica no había indicios de crisis alguna, una leve corriente de miseria flotaba en los estratos más profundos . Cuando mi amigo se fue a vivir a la región de los grandes lagos, cercano al Canadá, tenía la costumbre de vestir jean y camiseta de algodón manga larga.
Embarcó en Baires, voló por el amazonas y echó una mirada al cielo de Nicaragua, de pronto se halló en el aeropuerto Kennedy, tan grande como el centro de su pueblo, o aún más grande que la villa de Alicurá. Tomó el tren a Chicago sin saber nada de inglés. En la estación de trenes lo aguardaba Martita que había estacionado su coche rojo cerca de allí. Estaban deseosos, hacía varios meses que no se veían. El auto rojo en la carretera paró en el primer motel. Siguieron camino por el boscoso paisaje. Camino a la ciudad universitaria de Lansing una patrulla motorizada les hizo guiñe con sus faros delanteros para que se hicieran a la banquina. Fue el primer diálogo en inglés fluido que oyó. El policía exigió tarjeta identificatoria del auto, carné de conducir y parece que recomendó a la conductora que bajara la velocidad, el pavimento estaba inestable: el rocío y el frío formaban una breve capa de hielo.
En Lansing el asunto fue complejo. Vivía en una casa en medio de un campus, los árboles formaban un denso bosque que solo recordaba similar a los de Bariloche. Alli conoció a un matrimonio pakistaní y a otro centroamericano, profesores de la universidad.
Jugaba ajedrez, juntaba las hojas que se acumulaban en el frente de la casa, miraba por la ventana que estaba a ras de suelo. En ese lugar si que hace frío. Como en los cuentos de Jack London, espacios abiertos de nieve y ventisca helada. O el hombre que cruza en trineo una extensión plana de hielo de un mar . De a poco, toda lo que había leído de ese país en su juventud fue configurándose con las vivencias cotidianas. Aunque mi amigo se había llevado sus libros para no perder el rumbo de su argentinidad. Los había tomado de la repisa que él mismo había confeccionado con tablitas de álamo barnizada y cuidadosamente los había embalado en una caja . Había recuperado su Una excursión a los indios Ranqueles, el libro de Cuentos completos de Cortázar y un volumen de poesía que Martita le había obsequiado la vez que él le convidó helado de vainilla batido a mano.
Martita era el arquetipo de mujer que a Paqui siempre le había gustado: alta, generosa en su contextura y de piel tersa y pálida. La conoció en la residencia universitaria.
Un romance es el tiempo que uno necesita para engañarse.

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