lunes, 10 de marzo de 2008

Con un diario por testigo


Se preocupaba por la forma de la escritura, una idea que había tomado del profesor Lalo.
Leonardo o el pequeño Rimbaud como lo llamaba el maestro, asistía junto con Clarita a las clases de escritura que el poeta de la zona, consagrado con varios títulos publicados por la secretaría de cultura de la ciudad, dictaba dos veces a la semana.
Lalo, el poeta , había caído deslumbrado ante la fuerza creativa de su alumno . Una tarde mientras se hacían las lecturas de rigor dijo: bueno y ahora escuchemos al pequeño Rimbaud. No todos sabían quién era ese tal Rimbaud por lo que el profesor dedicó media hora de su tiempo a relatar la vida accidentada del poeta maldito. Así fue como quedó; el pequeño Rimabud

El taller se realizaba en el subsuelo de la municipalidad. Habían dispuesto una mesa larga en la que los cursantes apoyaban sus libretas de tapa de hule negro o cuaderno universitario menos el breve Rimbaud que colgaba de su hombro derecho una Olivetti Lettera 70, carcasa verde, chata para la ocasión.

Qué como hacía para que los inspirados poetas no se molesten con el tableteo de la máquina no me lo pregunten a mi, porque Elisa, que era una señora mayor, con un lunar a pocos centímetro del labio superior derecho y que la convertía en una mujer sensual e inteligente, dijo: que amoroso. Entonces nadie renegaba de la fuerza de sus dedos dándole a la tecla.

Lalo, el profesor del taller, se quitaba la gorra de cuero negra al estilo Rojas y apoyando el taco de sus texanas en una de las sillas leía con deferencia los poemas de su pupilo. Enarcaba las cejas, hinchaba un poco el pecho, bufaba hasta no poder y elevaba su vista al cielo raso que no era más que un techo descascarado, pero ay, cuánta poesía había en esos versos descargados de la Olivetti como si hubiese sido una dama que desciende de un coche y es tomada de la punta de los dedos envueltos en guantes de cabritilla.

Con el tiempo, los cursantes del taller literario, sólo se reunían a oír al profesor hablar del pequeño Rimbaud. Elisa le consiguió una entrevista con el secretario de cultura. Paco, el profesor de historia , le regaló un tomo del poeta Cernuda y Clarita, su novia, temía que tanta admiración le arrebatara a su amado Leonardo. Porque la vida de un poeta es dolorosa, había asegurado el profesor, debe batirse contra las fuerzas contradictorias que mueven al mundo y de ellas destilar, en palabras, la belleza.

Si, a veces los alumnos comentaban que el profesor desvariaba, que el grupo no iba a aguantar mucho.

Una tarde, Clarita llegó desesperada a clase. Su cara era un desastre, se le había corrido el rimel de los ojos, le vibraba la quijada: estaba descompuesta.
Se fue, pero tengo su diario.

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