miércoles, 27 de febrero de 2008

ASÍ

Acabo de suprimir una entrada al blog porque había escrito mal un nombre. En vez de poner Shady Hill había escrito Sally Hills¡QUE MAL!

Estamos en condiciones de consultar vía Internet lo que necesitamos sin necesidad de hacer girar la silla, estirar la mano y tomar el grueso volumen Aristo, en mi caso, tampoco estamos exentos de no hallar lo que buscamos entonces ahí se arma un descontrol; si pensábamos que iba a ser una jornada de trabajo productiva error fatal.

¿ Y qué es Shady Hill? ¿ Por qué tanto aspaviento? La verdad lo ignoro. yendo directamente al grano, ese nombre, el que escribí atrás es el título de un relato de John Cheever y no el nombre de mi bella genio que anda medio desnuda por el cuarto de un fulano que quiere pero no se anima. Para ser más explicativo, la palabra cerraría anteponiendo la frase: el ladrón. Y el título completo es: El ladrón de Shady Hill. Con ese mismo nombre hay un blog dedicado al autor, completo, con textos, imágenes y videos de youtube que vienen al caso.

Ahí lo tenemos al genial autor norteamericano, mirándonos desde el costado de la página, las manos en los bosillos, el cuello del suéter medio doblado, las vías de una estación de suburbio.

Ayy del alma del blogger¡ ¿ Qué pretende?

Algunos argumentos a este interrogante a su debido tiempo. A veces imagino a esta página como algo abandonado en un playa gris y fría, todos saben lo que es una playa helada, el viento te hace doler los oídos, la espuma no es tan blanca como parecía, es más, posee una consistencia viscosa bastante desagradable y las algas convocan los malos espíritus en su enredada maraña.

Esto había comenzado con una nota al relato de Cheever y termina en el fondo del océano.

Me acordé de lo que me contó mi cuñado en uno de los tantos asados que olvidamos rápidamente. El encargado de la chacra, que ellos habían apalabrado, se había rebelado y quería hacerles un juicio, el fin: indemnización, lucro cesante, etc.
El tipo era un porteño con labia y lo que otrora les había parecido, a los dueños de la pequeña chacra, un hombre curioso y dado a la palabra ahora les resultaba un reverendo hijo de puta. Su nombre no lo sé pero le decían el chicato: alto, desgarbado, el pelo parecía una mata de lana marmolada y tiesa; usaba las gafas que ningún médico recetaría: gruesas, verdes, de doble fondo, unas verdadera cajas de Petri o vidrio de sol.

En una de las tantas conciliaciones que mantuvieron con el fulano, enardecidas reuniones a la luz de una fogata para el asado, fuego rojo que oscila entre el infierno dantesco y la lengua de un dragón, el hombre se erigía fatal y con dedo admonitorio se lanzaba al cansino arte de la oratoria. Si alguien lo interrumpía lo sentenciaba con una frase: su intervención es inválida, ante la mirada
perpleja de los comensales-locadores de la chacra.

No se como termino el asunto. Nunca le pregunté nada. Pero a la chacra la vendieron por otras razones que no fueron las del pleito y del chicato no se habló más.
No era el ladrón de Shady Hill pero por algo me vino a la memoria.



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